El béisbol se parece a la vida. La estética del flujo, donde la oportunidad siempre llega después de la crisis. La oportunidad puede venir de un jonrón potente del bateador número 4, pero también puede cambiar la situación de manera increíble por un solo error absurdo del oponente. Hay momentos en los que hay que luchar con tu movimiento especial, y momentos en los que hay que sacrificar el presente para planificar el futuro, como un toque de sacrificio, un elevado de sacrificio o una base por bolas intencional. El lanzador engaña constantemente al bateador, y el bateador debe captar el momento dentro de ese engaño. Durante todo el partido, no se puede relajar la tensión ni un solo instante. Porque, en cada entrada, en cada momento, no se sabe qué lanzamiento defectuoso, qué swing, qué error defensivo podría arruinar todo el partido. Este drama es la historia de nosotros, que nos acercamos a los treinta. En nuestros treinta, nos encontramos en la situación de '9ª entrada, 2 outs'. Por supuesto, hay treintañeros que han anotado puntos decisivos alrededor de la 7ª entrada y disfrutan de la vida tranquilamente, pero en general no es así. Hemos pasado por innumerables oportunidades y pruebas, y hemos logrado arrastrar el partido hasta aquí. Agotados por el amor, traicionados por la esperanza, desconcertados por la dura realidad, entramos en la 9ª entrada con el cuerpo y la mente destrozados. El primer turno al bate lo perdimos dudando, el segundo se desperdició inútilmente con un swing precipitado y temerario. La fuerza física ya está agotada, y el arrepentimiento por haber perdido tantas oportunidades nos confunde la cabeza. Aunque tenemos miedo de acercarnos al plato por un pelotazo recibido en la entrada anterior, tampoco podemos renunciar a la esperanza. El béisbol es algo que no se puede abandonar mientras haya un 100% de esperanza, y la vida es cruel porque hay que seguir viviendo incluso cuando la esperanza ha desaparecido al 100%.