Seong-hee, que trabajó toda su vida como soldadora, pierde un dedo al manipular una prensa. Una grave depresión reduce su sueño y su cuerpo se consume. La idea de que es mejor morir que vivir así la invade de forma aterradora. Su-yeong, que mantuvo una protesta de personas sin hogar durante 130 días, grita: "¡Vivamos juntos!". Su-yeong, caminando con paso tambaleante y una sonrisa amarga por el pueblo destrozado, deja una carta pidiendo que se proteja la comunidad antes de subir al puesto de vigilancia, la prisión del cielo.