Existe un cuenco. Nuestros antepasados lo llamaban un cuenco tosco, o un plato para perros. Nadie le prestaba atención. Japón se llevó ese cuenco, lo aclamó como el pináculo del arte y la cumbre de la belleza, y lo convirtió en su tesoro nacional. Un cuenco misterioso del que no se sabe dónde ni quién lo fabricó, un cuenco desafortunado al que ni siquiera pudimos darle un nombre. Despreciado en Corea por ser un objeto del pueblo, se convirtió en Japón en un tesoro nacional bajo el nombre de 'Kizaemon'. A través de la historia de este cuenco y de un alfarero que trabaja en soledad para recrearlo, se reflejan dolorosamente nuestros prejuicios y nuestra vergonzosa imagen.