Un joven sacerdote, al que se le pide que administre los últimos ritos a un condenado a muerte, se siente abrumado por la lúgubre atmósfera del patíbulo. El condenado, conducido al cadalso por el carcelero, tiene 22 años. Sin embargo, parece mucho más joven de lo que indica su edad. El sacerdote intuye que algo no está bien en la acusación de haber matado a su padre y se siente perturbado, pero el joven condenado está extrañamente tranquilo. A medida que avanza el procedimiento de ejecución, el sacerdote intenta escuchar una historia diferente de los labios del condenado, pero este habla desde su corazón. Expresa sus convicciones, como si reprendiera al sacerdote por aferrarse a las apariencias, y acepta la muerte con serenidad.