Las semillas de lechuga de una abuela que vivía al lado germinaron en una maceta en la ciudad, formaron una generación y dieron frutos. Al contemplar esto, recuerdo el patio de la abuela que me dio las semillas, su gato, el sonido de sus pasos y sus manos, que cuidaban de las vidas circundantes como artesana del pueblo. El dolor físico que comenzó en ese momento me recuerda los enredos en el cuerpo causados por ese dolor y las ondas invisibles dejadas por muchas abuelas en todo el mundo.