Nieva. Una mirada hacia afuera de la ventana, ojos y luna que se cruzan, y otra pupila que capta esa mirada tiembla. En la intersección de miradas que no pueden encontrarse, la película se mueve por sí misma. La cámara se dirige hacia afuera, el proyector ilumina la pantalla. Entre los ojos y la luz que miran el mismo lugar desde posiciones desfasadas, imaginamos juntos la escena que nunca podremos ver.