Lo primero que me llamó la atención al empezar esta serie no fueron las personas, sino los colores. Esa mansión a la que cuesta llamar castillo, las ilustraciones de los cuentos, la ropa que lleva Seo Yea-ji. Más que bonita, una belleza torcida, algo desencajada. Me pareció que ya me estaba anticipando el tono de la obra. La verdad es que al principio me incomodó. Ko Moon-young hace cosas tan bruscas que llegué a preguntarme si de verdad debía ver esto como un romance. Pero al cabo de unos episodios lo entiendes: esta serie nunca fue una historia de "personas adorables". Es la historia de gente rota por algún lado, que se estropea todavía más intentando disimularlo. Cuando empecé a mirarla así, hasta la grosería de Moon-young se leía como un mecanismo de defensa. Para mí el centro de la serie no era Moon Gang-tae ni Ko Moon-young, sino Moon Sang-tae. El hermano al que da vida Oh Jung-se. Hay muchas obras que retratan a un personaje dentro del espectro autista, pero pocas que dibujen a la vez el agotamiento de quien cuida. Que el amor por un hermano y el rencor de no haber podido vivir tu propia vida por él puedan habitar a la misma persona al mismo tiempo — en la escena en que Gang-tae por fin lo dice en voz alta, lloré un poco. También recuerdo el revuelo que causó el discurso de Oh Jung-se al recibir su premio en los Baeksang. Me gustaron mucho los cuentos que abren cada episodio. Con forma de cuento cruel, dejan caer de antemano el tema del día, y para cuando el capítulo termina esa misma historia se lee de otra manera. Todavía recuerdo frases de "El niño que se alimentó de pesadillas". Pensé: así que una serie puede ser así de literaria. Lo que sí me dejó insatisfecha es la parte final. La trama del hospital, el suceso del pasado y el misterio en torno a la madre se amontonan de golpe y se pierde algo de la densidad del principio y del centro. Tampoco fue un éxito arrollador de audiencia — rondó el 7% — y durante su emisión hubo además polémica en torno a una de sus protagonistas. Y sin embargo, curiosamente, cuanto más tiempo pasa, más gente parece hablar de esta serie. Al final lo que queda es justo lo que dice el título: que está bien no estar bien. Suena a consuelo de manual, pero dicho después de mostrarte honestamente, durante dieciséis episodios, a personas que no están bien, ese consuelo pesa distinto. Hay unas pocas series que uno vuelve a sacar del cajón en los días difíciles; para mí, esta es una de ellas.