Una chica enferma se muda con su familia a una casa en el campo y encuentra escondido a un chico que no habla, no come con cubiertos y gruñe cuando alguien se acerca. A partir de ahí la película hace algo muy difícil: construye una historia de amor casi sin diálogo, solo con gestos, comida compartida y una libreta donde ella le enseña a escribir. Song Joong-ki actúa prácticamente todo con los ojos y consigue que nunca parezca un truco. Park Bo-young carga con el peso emocional entero, y hay una escena en la que ella le pide que espere que me destrozó la primera vez y me sigue destrozando. Yoo Yeon-seok, como el chico rico del pueblo, evita convertirse en caricatura y eso equilibra el relato. Salí del cine con los ojos hinchados y desde entonces la he revisto cada par de años. Es una fábula sencilla, sí, pero está contada con una delicadeza que muy pocas películas románticas se atreven a tener.